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La cátedra nacional de economía política Arturo Jauretche busca recuperar la experiencia de las Cátedras Nacionales de los años setenta para pensar en clave nacional los grandes problemas económicos del país.

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miércoles, 11 de enero de 2012

Defender el sector externo:

Por Norberto Crovetto *

El desempeño de la economía argentina en la primera década del siglo XXI ha sido por demás satisfactorio, recuperándose de las décadas del ’80 y del ’90. La tasa de crecimiento de la década del ’80 fue -1,1 por ciento y de la década del ’90 fue 4,1 por ciento. Mientras tanto, los primeros tres años del siglo XXI registraron una caída de 2,5 por ciento y entre 2003-2010 el promedio anual fue de 7,4 por ciento. Es entonces llamativo que existan corridas en contra de la moneda nacional. Por eso intentaremos brindar algunos elementos para entender por qué pudo suceder algo así.
Recientemente el historiador Felipe Pigna rescató un artículo del diario Financial Times de fines del siglo XIX explicando cuál es el negocio de los ganaderos argentinos: cobrar en libras y pagar en pesos, patacones, vales o especies. Es decir, en una moneda que rápidamente perdiera su condición de tal. Así, los costos salariales y los productos industriales nacionales que la producción agropecuaria requiere se depreciaban, aumentando la ganancia del ganadero. Los frigoríficos, en general de propiedad de empresas inglesas, se apropiaban de parte de la ganancia producida por este tipo de estructura productiva. También este sector necesita de insumos industriales a los cuales era conveniente aplicarles igual procedimiento. En el peor de los casos se utiliza la importación, de Inglaterra inicialmente y luego de los EE.UU., si no había producción local.
En efecto, la productividad de nuestro campo es una de las mejores del mundo, y además, lo producido excede las necesidades del consumo de la población, de modo que forzosamente debe ser exportado. Hoy exportamos más del 65 por ciento de lo que producimos en alimentos.
La consecuencia es doble. Por un lado, la generación de una estructura productiva donde hay un sector primario que es muy productivo a nivel internacional y como consecuencia un sector industrial cuya productividad es relativamente menor. Es decir, que la productividad del sector primario es mayor que la internacional, aunque tengamos una industria igual de productiva que la internacional siempre nos va a salir más caro el producto industrial en términos del producto primario. Y esta es una cuestión estructural que descubrió Marcelo Diamand y denominó Estructura Productiva Desquilibrada (EPD).
Dado lo persistente de esta situación a lo largo de toda la historia argentina, aunque con ciclos periódicos marcados por las fluctuaciones en los precios internacionales, se producen dos efectos. Por un lado, como el campo puede producir por encima de las necesidades alimentarias de la población argentina, la presión de las exportaciones tiende a fijar el tipo de cambio en base a su productividad relativa a la internacional, el cual a la postre queda sobrevaluado para los bienes industriales. Pero, al mismo tiempo y por el otro lado, el sector primario no puede dar empleo de la fuerza de trabajo disponible. De modo que estructuralmente las diferentes productividades sectoriales de la economía argentina frente a la internacional genera dos consecuencias: por un lado una tendencia persistente a la sobrevaluación del tipo de cambio junto con una persistente tendencia a la desocupación estructural.
Así, los empresarios industriales tienen sus empresas bajo la tensión de una crisis de insolvencia permanente al invertir y no poder vender a un nivel adecuado. Ello induce a dos medidas, una defensiva y otra imitativa. La primera es actuar como si se fuera “ganadero”, durante los períodos “buenos” (como los últimos años) comprar divisas o bien invertir en divisas, originando una salida de capitales denominada fuga, que acaba por acelerar los procesos de ajuste por cuello de botella del sector externo y perjudicar aún más las ventas de sus propias empresas. Pero, en segundo lugar y una consecuencia más importante que la anterior es que el objetivo, la empresa industrial se enajena, transformando la empresa por venta, generalmente a compañías extranjeras, o por cierre, para comprarse un campo y hacerse productor agropecuario.
Si lo anterior es correcto, la posibilidad de la existencia de la EPD no puede ser sino producto de una política con esos propósitos. Para sólo señalar un par de ejemplos, el bloqueo anglo-francés, la derrota en la batalla de Caseros y el acuerdo de Roca-Runcinman tuvieron el objetivo político de establecer o sostener una EPD. Por lo tanto, la respuesta tiene que ser política, y su correlato la política económica. Las bases de ella tienen que en primer lugar defender el sector externo y su capacidad para generar divisas. Esto permite tener una política de ingresos favorable al desarrollo industrial y al nivel de empleo con un salario aceptable para los trabajadores, que impulse exportaciones industriales, creando un círculo virtuoso. El impulso de exportaciones industriales que “cierre” el esquema del crecimiento no depende tanto de un tipo de cambio adecuado sino de la aplicación de instrumentos de promoción y estímulo, aprovechando la potencia de nuestro mercado interno.
* Profesor de Crecimiento Económico y de Pensamiento Económico Argentino. UBA.
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