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jueves, 20 de octubre de 2011

Hacia un proteccionismo regional


Por Andrés Asiain1


El establecimiento de un tipo de cambio competitivo ha sido uno eje de la política económica a partir del fin de la convertibilidad. El tipo de cambio depreciado ha sido también, la principal herramienta utilizada para fomentar la capacidad de la industria argentina de competir con la producción de otros países. Ello es así porque un dólar caro significa que son caros también los productos importados. De esta manera, la devaluación del peso encarece el precio local de los bienes industriales producidos en el extranjero, permitiendo que los bienes producidos localmente tengan mayores chances de competir con ellos.
Sin embargo, desde hace algunos años a esta parte, diversos voceros del mundo industrial han sostenido que esa competitividad ha mermado por el impacto en los costos de los aumentos salariales que no fueron acompañados de una devaluación proporcional del peso. ¿Es esto así? ¿Puede hacerse algo para mantener la competitividad que no signifique devaluar y reducir salarios?
En primer lugar, hay que señalar que el tipo de cambio real de la industria argentina se encuentra en sus máximos niveles históricos. Si uno observa el tipo de cambio real mayorista con los principales socios comerciales (Brasil, EEUU, Unión Europea y China) ponderado por su participación en las importaciones argentinas, se llega a la conclusión de que los productos importados son aproximadamente un 80% más caros que los locales en comparación a los precios relativos de finales de la convertibilidad.
La mayor competitividad cambiaria se debe a la fuerte apreciación del real, que ha encarecido los precios de los bienes brasileños en relación a los argentinos en aproximadamente un 150% respecto a los niveles del 2001. La fuerte apreciación del real ha permitido a la Argentina compensar la pérdida de competitividad con otros países, especialmente China y. en menor medida, los Estados Unidos.
En segundo lugar, los costos laborales en la industria argentina comparados con los precios mayoristas de los principales países competidores, se han reducido casi a la mitad de lo que representaban en 2001. Y ello se ha logrado en simultáneo a un incremento de los salarios reales de los obreros de la industria de más de un 60% respecto a los niveles de fines de la convertibilidad. Pero, ¿cómo pueden haber disminuido los costos laborales y haber aumentado los salarios reales al mismo tiempo?
Las razones son varias. Por un lado, el costo de la canasta de consumo, que es la que se interesa al trabajador, ha aumentado casi un 85% menos que el precio en pesos de los bienes importados (que es el que interesa cuando se mide la competitividad precio). La política de retenciones, la pesificación de las tarifas y los subsidios a los servicios públicos, son algunas de las herramientas que permitieron este incremento de los salarios reales sin afectar la competitividad industrial.
Otro aspecto que permitió la reducción de los costos laborales en la industria ha sido el fuerte incremento de la productividad laboral. El producto industrial por trabajador se ha incrementado en casi un 65% en los últimos 10 años reduciendo considerablemente el costo salarial por unidad de producto.
Ahora bien, estos datos promedios no alcanzan para pintar todo el panorama. Existen sectores específicos donde la competitividad cambiaria se ha deteriorado y los costos laborales se tornan significativos. Ello es especialmente cierto para algunos sectores intensivos en mano de obra que compiten con productos de origen chino. Sin embargo, no es lógico intentar resolver los problemas de ese sector con una fuerte devaluación del peso. La política cambiaria es una herramienta demasiado tosca para políticas sectoriales. Sus efectos redistributivos e inflacionarios pueden ser demasiado costosos en relación a los beneficios de competitividad puntual que pueda brindar.
Una posible alternativa es buscar acuerdos regionales que permitan elevar la protección frente a la competencia extra zona. El contexto de fuerte apreciación del real puede ser una buena oportunidad para convencer al Brasil de una política comercial más proteccionista a nivel MERCOSUR. Y ello puede ser una buena herramienta de defensa de la industria latinoamericana frente a la previsible avalancha de productos extranjeros que suele acompañar los contextos de crisis en el mercado mundial.
Sin embargo, para que el proteccionismo regional beneficie a todos y no sea simplemente un instrumento de penetración comercial verde amarillo, debe ser negociado en simultáneo con acuerdos para balancear el comercio intra zona. Especialmente en el caso de nuestro país que muestra, año a año, abultados déficits comerciales con el vecino país.

1 Cátedra Nacional de Economía Arturo Jauretche.
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