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lunes, 17 de junio de 2013

Mito económico (Página/12-Cash): La globalización financiera.

Paises emergentes, BRICS y PIGS.

Por Andrés Asiain y Lorena Putero

La agenda neoliberal impuesta a nivel mundial en las últimas décadas impulsó la desregulación de los mercados financieros. La paulatina desarticulación de los controles cambiarios y la creciente apertura de la cuenta capital fue gestando un mercado financiero global donde una inmensa masa de dinero atraviesa las fronteras en segundos, con sólo la presión de una tecla en la computadora de algún operador ubicado en cualquier ciudad del planeta. Ese formidable impulso a los movimientos de capital fue configurando una serie de actores sociales (bancos, fondos de inversión, agencias calificadoras, organismos internacionales de créditos) que incrementan su poder al ritmo al que crecen los fondos que administran. El desafío de la agencia Standard & Poor’s al gobierno del Estado más poderoso del planeta, al bajar la calificación de la deuda norteamericana de “AAA” a “AA+” en agosto de 2011, constituyó la más clara demostración del poder acumulado por los reyes de la globalización. La declaración de un operador en la BBC News sosteniendo que “los líderes políticos no gobiernan el mundo, Goldman Sachs gobierna el mundo” no hizo más que sincerar la situación europea, donde la financiera colocó a sus hombres en los puestos claves para la administración de la crisis.
Si ésa es la suerte que les toca a las naciones más poderosas, poco pueden esperar las más débiles. Para los operadores financieros, las naciones del Tercer Mundo son meros mercados emergentes carentes de historia o identidad cultural, sin otra cualidad distintiva que el nivel de riesgo país, determinante del costo al que acceden al crédito internacional. La razón de ser de la política económica en esa marginalidad de la economía mundial es la aplicación de políticas market friendly que reciban el beneficio de un acceso menos costoso a las limosnas del mundo financiero. La obsesión por bajar el riesgo país gana el discurso económico en los multimedios tributarios de las inversiones externas, desplazando los debates sobre la industrialización, el avance tecnológico, el acceso a la vivienda o la creación de empleo.


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